
Ahora ya lo sé
Escrito por: Maru Naná KutsÄ
(Basada en un hecho real) Qué les digo, han pasado más de cincuenta años desde que nos contaron la terrífica experiencia del tío Alfredo. Una noche oscura y con una fuerte tormenta, con rayos y…
Por Maru Naná KutsÄ · Publicado originalmente en radiogalo.com el 16 de noviembre de 2019. Entrada rescatada del archivo del sitio.
(Basada en un hecho real)
Qué les digo, han pasado más de cincuenta años desde que nos contaron la terrífica experiencia del tío Alfredo. Una noche oscura y con una fuerte tormenta, con rayos y truenos de miedo, todo se prestaba para contar historias de terror, estábamos en la casa de la tía abuela Angelita, la vivienda todavía está ubicada en la zona de Coyoacán uno de los lugares más bellos y antiguos de la Ciudad de México, pleno de relatos de apariciones escalofriantes.
Es una construcción hecha por etapas, en ese tiempo todavía existía el baño viejo, pero funcional, oscuro, tétrico con una puerta fabricada con tablas, de las que se usan en la construcción. A mi nunca me dio miedo entrar a este lugar, aunque ya existiera el baño nuevo, mis primos y hermanos nunca entendieron el porqué de mi valentía, decían ellos. Yo, simplemente lo utilizaba.
Mi tío Alfredo siempre tuvo un gran cariño por mí, aunque era muy reservado y serio con todos a su alrededor. Me platicaba leyendas de las que se tenían en la zona y, a pesar de que me enfatizaba que eran historias no comprobadas, siempre las sentí muy reales, en ocasiones como si hubiesen sido vivencias mías y otras de él.
Pues bien, regresando al momento de los cuentos de espantos, otra de las tías contó el episodio vivido por mi tío, sus palabras fueron estas:
– “una noche, cuando el baño viejo era el único de la casa, llovía a cántaros, pasaban de las once y Alfredo tuvo urgencia de ir al baño, se cubrió la cabeza con una toalla y salió, tardó en regresar, pero pensamos que esperaba a que amainara el aguacero. Pasados alrededor de 20 minutos, la puerta de la sala, esa que da al jardín, se abrió intempestivamente de par en par y Alfredo entró, empapado y pálido como la cera. Corrimos a ayudarlo a sentarse, lo secamos y le ofrecimos una taza de té caliente, ya algo calmado nos platicó lo sucedido:
-estaba sentado en la taza del baño cuando tocaron la puerta, insistieron tanto, que creí que era uno de los niños y quité el gancho que cierra la puerta, poco a poco se abrió y ante mis ojos estaba lo más espeluznante que he visto: un hombre vestido con ropa del tiempo de la Colonia, con capa y espada, pero ¡sin cabeza! Me señaló hacia el cuello y en mi mente escuché sus palabras: – ¡ahora tú buscarás a los descendientes de quién me hizo esto y me vengarás! –
¿Se fijaron alguna vez que el tío siempre llevaba una bufanda?, continuó la tía, y todos respondimos: ¡sííí…!
La tía hizo una revelación aterradora: Alfredo tuvo, a partir de esa noche una marca alrededor del cuello como si le hubieran cosido la cabeza al cuerpo, por no haber cumplido el mandato del hombre sin cabeza.”-
Al terminar el relato, todos los presentes se quedaron mudos de miedo, algunos algo incrédulos, menos yo. El tío Alfredo había fallecido un año antes y yo había empezado a usar mascadas alrededor del cuello, creía que era urticaria, pero, ahora ya lo sé.
Maru Naná KutsÄ